lunes, 21 de abril de 2014

Las Rosas son rosas

Más de una vez he terminado sólo, triste y con el corazón a media garganta. El destino es sabio y no hay verdad más falsa que la que no se vive. Permítanme elaborar en la historia.


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A Dulce la conocí por culpa del azar, quizá era el universo dándome una probada de lo que vendría muchos años después. Dulce era el tipo de chica que se esmera en terminar el trabajo a tiempo, llegar a la oficina al menos 15 minutos antes, combinar sus ropas de tal manera que parecieren un juego de matices tranquilizantes a la vista de los demás. Típica chica “nerd” con un toque de magia bajo la etiqueta.Cuando me contrataron en ese trabajo, la primera chica que me saludo fue ella, un enérgico y formal apretón de manos. Recuerdo que el reflejo de sus lentes de pasta reproducían mi cárdigan color negro y debajo una camisa color blanca. Atuendo que escogió mi padre; estaba fascinado con la idea de que se hijo sería un excelente contador.Mi escritorio de trabajo quedaba a dos lugares del de ella, así que solíamos lanzarnos miradas coquetas entre números, más números, hojas de papel y tablas de Excel e incontables breaks para ir al baño a jugar Candy Crush o Flappy Bird.Pasaron las semanas y por fin decidimos dejarnos de tratar como quinceañeros. Tuvimos nuestra primera cita. Nunca una cita convencional.Durante nuestro receso para comer, nos acercamos al autolavado. Nuestra primera cita estuvo cubierta por ceras de colores, espuma y una leve oscuridad mientras el auto era limpiado por los cepillos verticales, o limpiapipas gigantes, como ella les llamaba.Mientras aspiraban el carro, tuvimos nuestra comida romántica. En la maquina dispensadora había papitas, donas, conchitas, chicles, chocolates, pastillas para refrescar el aliento y una bolsita con dos cigarros y un par de mentas en forma de flotadores.
–“No vayas a mirar, es sorpresa”– me decía mientras mis manos torpemente buscaban los botones que decidirían cual sería mi comida de ese acalorado jueves. –“B2”– escuché su melódica voz como si fuera la primera vez. ­–“…suertudo, Doritos rojos. Ya quiero saber que me tocará, espero sean los chicles sabor frutas”– sonreí y tapé sus ojos de manera que sus manos ya sabían que botones presionar.Hablamos de los personajes de series que nos habían enamorado, los lugares en cuales quisiéramos vivir en nuestros años de senectud, las palabras más raras que conocíamos, los pequeños detalles que hacen de un bar un lugar para recordar. Charlamos de todo aquello mientras salía el carro y camino a la oficina.Noté cada detalle de sus movimientos: como acomodaba su vestido de verano bajo sus piernas, su risa extrovertida, la manera en que acariciaba sus rodillas redondas, todas las veces que acomodo su fleco. Era una chica extraordinaria.  Salimos del trabajo sufriendo de un episodio de felicidad. Una felicidad nueva, sé que saben cómo es eso. Nuestra primera cita quizá haya sido la cita más espontanea, rara e increíblemente perfecta en la vida de ambos.Al día siguiente fuimos al cine, poco sabía yo que el cine no es para mirar películas sino para doblar pequeñas escenas con diálogos inventados y poco ortodoxos. Pagamos por una película y terminamos viendo tres; resulta que ningún empleado del cine irá a buscarte al baño cuando la función termine.Fueron cuatro citas inolvidables, todas ellas parecían sacadas de un programa de televisión. Cada una mejor que la siguiente.La tercera cita fue en un puente para peatones y la cuarta en un bar; siendo la última la cita más convencional que tuvimos y ultimadamente, la mejor. Era el momento de las preguntas personales y, generalmente, me gusta esa parte de una relación. Las preguntas son más importantes para los tiempos venideros, para fortalecer la relación.
Mierda…Al terminar la noche me dijo la verdad, sus sentimientos por su ex-prometido eran aún muy fuertes y aunque se sentía atraída por mí, deseaba dar otra oportunidad a esa relación fallida pues estaba convencida que él era el amor de su vida. The One and Only.Era difícil verla en la oficina, regocijada de felicidad y segura de su decisión. Fue poco después que se casó y renuncio a su puesto. La boda fue hermosa e inexorablemente triste para mí.
Dos años después de Dulce, llego Ximena. Mujer de fuerza indomable y de intenciones humildes. Había sido criada por su padre pues su madre falleció en el parto. Cualquiera pensaría que su padre sería el “suegro del infierno” pero al contrario; gran sorpresa me llevé cuando a los 15 días de ser novios, su padre me invitó a ir de pesca con él.Era un hombre sencillo, había sido mecánico por 45 años hasta que su condición cardiaca empeoró y su médico le ordenó dejar de trabajar. Ahora vivía de lo que Ximena ganaba; siendo una abogada tan exitosa, nunca batallo con medicinas, exámenes médicos o cuidados en general.
Mi relación con Ximena era muy diferente a la que compartí con Dulce. Ximena era de gustos refinados: cenas en restaurantes caros, bebidas con amigos en galas de arte, vestidos de diseñador y copas de cristal noche tras noche. Sin embargo, era la mujer más centrada que conocía y eso me atraía fuertemente.Consolidamos nuestro noviazgo en el primer aniversario, cuando me pidió que me mudara con ella. Su padre había hecho la recomendación.
Compramos un departamento, escogimos colores, persianas, muebles, de todo. Lo pintamos con ayuda de algunos amigos. Ella colgó pinturas, yo, fotografías de nosotros. Fue una bonita experiencia.Nos arreglamos como pudimos con los horarios: despertar, beso de buenos días, bañarnos, vestirnos, desayunar, beso de buena suerte, el café, los portafolios, las llaves, los carros, etcétera.La vida rutinaria de dos enamorados que ya no están tan enamorados duró cuatro grandiosos años. Y no es que no nos amaramos, lo hacíamos con vehemencia, pero el enamoramiento es diferente, el amor es acción y el enamoramiento es un proceso, un túnel, un camino. Nosotros lo habíamos recorrido vastamente en el transcurso de nuestra relación, desde que nos conocimos en la fiesta de Amy, su asistente y novia de mi mejor amigo, Carlos. Desde que nuestras manos se encontraron para tomar la copa de champaña, la caminata hasta su auto, las sonrisas mutuas, el intercambio de teléfonos y la cita que le procedió a los tres días siguientes. Desde ese momento hasta unos meses antes de nuestra ruptura el enamoramiento fue el lazo que nos mantuvo juntos.
El problema es que ella nunca me amó como yo la amaba. Y eso, al final del camino, nos derrotó. Aunque creo que el más dolido fue su padre; nos habíamos aferrado tanto el uno al otro que, aún y después de terminar mi relación con su hija, lo visitaba cada mes para salir de pesca. Ximena nos acompañaba en ocasiones, en otras debía trabajar o salir con parejas nuevas.
Estuve con ella el día que Mario, su padre, murió. Recostó su cabeza en mi hombro y lloró por minutos, hasta que su esposo la recogió de mis brazos para envolverla en los suyos. Jamás la volví a ver.A mis 30 años conocí a la mujer que me cambiaría la vida: Rosa. La historia de cómo conocí a Rosa es muy particular, la conocí en el pasillo de cereales del supermercado. Mientras ella se destruía por dentro en esa guerra tan común de escoger el cereal de los comerciales con la chica esbelta, de rasgos faciales perfectos y con un estomago tan plano como los televisiones donde veía dichos comerciales o no comprar nada; yo me aseguraba de comprar el cereal con más azúcar y el juguete más difícil de armar, lo cual era complicado porque a veces los juguetes tienen dos piezas y a veces tienen tres piezas y eso lo hace complicado porque… la verdad no lo sé. Decidí no incluir el juguete en mi dieta.Regresando a Rosa; cuando caminaba por los estantes de los cereales noté su inseguridad así que tome una brava decisión, le recomendé al cereal que yo llevaba. Platicamos de los juguetes y de los acertijos que vienen en las cajas de los mismos. Me mostró una caja de cereal que ya existía al fondo de su carrito de compras: “Lucky Charms”, lo cual era conveniente pues yo llevaba el mismo tipo de cereal. Reímos y me dijo que era para su hija y que ella buscaba algo que la hiciera ver mejor. Insistí en su buena complexión y tomamos un café de las tiendas aledañas al supermercado.Rosa y yo nos llevábamos perfecto, era una de esas relaciones en las que la comodidad es tan sincera y constante. Teníamos seis meses de salir cuando ella decidió que nuestra relación era tan sólida que era hora de conocer a su hija. Laura, es el nombre de la encantadora chiquilla que solía aventarme papelitos en el parque. Laura hizo que reconsiderará mi cariño por Rosa y en un momento de lucidez, decidí que ellas dos pertenecían en mi vida.De nuevo, el proceso de enamoramiento me había llevado a compartir mi vida con una mujer, y en esta ocasión, con su retoño.Poco cambió la imagen de su casa, pero yo no quería que cambiara, me sentía tan parte de la casa, la historia y de la vida de aquellas dos personas que se apegaban cada tanto a mí. Era maravilloso llegar a casa y escuchar las voces de ambas en la casa. Rosa había dejado su trabajo a petición mía, yo ya era uno de los socios de la compañía de contaduría más prolífica de la región, mi decisión había sido rebatida por meses pero al final Rosa desistió de su trabajo como ama de llaves. De igual manera, la niña debía pasar más tiempo con su madre que con su tía. Ana, la hermana de Rosa y yo nos llevábamos genial; Tomás, su esposo se convirtió en mi mejor amigo poco después. Recuerdo las parrilladas, los chapuzones en la alberca y las cervezas a media noche. Ana y Tomás fueron una familia nueva para mí.
Ahora me despierto al lado de la mujer que más he amado en la vida, de  vez en cuando nos visita la hija que siempre quise y que ahora, Rosa me ha dado sin poder procrear más. La verdad no me interesa, pues ellas dos me han llenado ese corazón que aunque había tenido sus momentos bajos ahora vivía la exaltación intrínseca del amor en plenitud.